Índice · 13 capítulos
- 01«¡Por fin!» Cómo Alemania acogió el golpe
- 02El pretexto: lo que Bonn sabía y lo que decidió creer
- 03«Una limpieza que responde por completo a nuestros intereses»
- 04Propaganda made in Germany
- 05«Programa de Acción Indonesia»: contra el comunismo, a favor del ejército
- 06Aniquilar a los comunistas: un argumento para el apoyo
- 07El Estado alemán como traficante de armas
- 08La matanza como argumento de venta
- 09La Bundeswehr, el BND y los asesinos
- 10«Sangre, cuerpos, piernas, cabezas»
- 11Lo que Alemania sabía
- 12Nazis para Yakarta
- 13«Hombro con hombro»: Bonn, Washington y los vencedores
- —Testimonios
- —Los expedientes
- —Fuentes
- —Contacto
En 2014, el Gobierno alemán dijo al Parlamento que no disponía de información precisa sobre cuántas personas fueron asesinadas en Indonesia en 1965 y 1966. Sus propios archivos dicen otra cosa: ya en febrero de 1966 contaban casi 800.000 muertos. Y hablan claro, palabra por palabra: un funcionario en Bonn que recibe la noticia del golpe con un «ENFIN!», por fin; el Ministerio Federal de Asuntos Exteriores, que deja constancia de que las fuerzas armadas indonesias estaban «aniquilando sistemáticamente al Partido Comunista»; y, para las armas que vinieron después, «keine Bedenken», ninguna objeción. La historia tiene más de sesenta años, y lleva de un archivo de Berlín hasta Palestina, donde en septiembre de 2025 una comisión de investigación de la ONU concluyó que Israel está cometiendo genocidio en Gaza. De nuevo con apoyo alemán. Cuando se critica a Berlín por respaldar los crímenes de guerra de Israel contra los palestinos, su respuesta son casi siempre las mismas dos palabras: «responsabilidad histórica». Pero fue precisamente la ausencia de esa responsabilidad lo que permitió que Alemania Occidental, apenas veinte años después del Holocausto, formara parte de otro genocidio.
El ejército indonesio se hizo con el país el 1 de octubre de 1965. La noche del 30 de septiembre, un grupo de oficiales que se hacía llamar Movimiento 30 de Septiembre, encabezado por el teniente coronel Untung, de la guardia presidencial, secuestró y mató a seis generales del alto mando del ejército. En cuestión de horas, el general de división Suharto, comandante de la reserva estratégica del ejército, el Kostrad, había aplastado el movimiento; en pocos días, el ejército ya culpaba de todo al Partido Comunista. Suharto (1921–2008) tomó el mando, y el presidente de entonces, Sukarno (1901–1970), no lo vio venir. Sukarno conservó su título. No conservó nada más, y en marzo de 1967 también le quitaron eso. En pocas semanas, el ejército empezó a prohibir el Partido Comunista de Indonesia, el PKI, provincia por provincia; en marzo de 1966 quedó prohibido en todo el país. Era entonces el tercer partido comunista más grande del mundo. Tras él quedaron prohibidas todas las organizaciones vinculadas al partido.
En 1965, el PKI tenía hasta tres millones y medio de militantes, y a través de sus sindicatos, su frente campesino y sus organizaciones de mujeres y de jóvenes llegaba a unos veinte millones de personas más, uno de cada cinco indonesios. En 1955, en las únicas elecciones libres que el país conocería en más de cuarenta años, había obtenido el 16 por ciento de los votos. Su frente campesino, el BTI, ocupaba las tierras de los terratenientes para imponer una reforma agraria que era ley desde 1960 y apenas se había aplicado. El partido quería fuera del país a las petroleras y las plantaciones extranjeras, y se enfrentaba a los británicos en Malasia y a los estadounidenses en Vietnam. Eso es lo que lo convirtió en el enemigo, en Yakarta, en Washington y en Bonn.1
Lo que siguió se prolongó desde octubre de 1965 hasta principios de los años setenta. Dirigentes, militantes y simpatizantes fueron a parar a los campos, y de los campos, bajo tierra. Los supervivientes a los que grabamos para nuestro documental nos hablaron de fosas comunes, decapitaciones y ríos llenos de cadáveres. Sarwo Edhie (1925–1989), que comandaba a los paracomandos RPKAD del ejército, cifró más tarde el número de ejecutados en «dos o tres millones».2 Esto es un genocidio, y se cometió contra comunistas. Fuera de Indonesia casi nadie sabe que ocurrió.
En julio de 2016, el Tribunal Internacional de los Pueblos sobre 1965, reunido en La Haya, un tribunal de jueces y juristas sin poder para imponer castigos, concluyó que las matanzas cometidas por el ejército y por las milicias que este entrenó y apoyó fueron un genocidio, la destrucción parcial de un grupo nacional, y señaló como cómplices a Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. Cuatro años antes, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Indonesia había constatado crímenes de lesa humanidad y había hablado de una política de Estado para exterminar a los militantes y simpatizantes del PKI. Preguntado en 2014 si las masacres constituían crímenes de lesa humanidad, el Gobierno alemán recordó que ese delito se conocía desde los juicios de Núremberg y Tokio y dijo no ver «ningún motivo actual» para examinar si era aplicable a unos hechos de hace casi medio siglo. Preguntado en 2023 si habían sido un genocidio, respondió que no le correspondía adelantarse al balance de los investigadores, la sociedad civil, los organismos internacionales y, sobre todo, de la propia Indonesia.3
Las pruebas para ese balance llevan mucho tiempo durmiendo en el propio archivo del Gobierno. Este artículo se basa en los expedientes mismos: télex, informes, notas y actas del Archivo Político del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores en Berlín, junto con documentos del Archivo Federal en Coblenza y otros de Washington. Muestran qué sabía Bonn de la matanza, y cuándo lo supo. Y muestran qué hizo con lo que sabía: acogió con satisfacción el golpe, difundió la propaganda del ejército, ofreció dinero al bando del ejército y autorizó armas para él. También el dinero consta en los expedientes. Antes del golpe, Bonn avaló créditos que, en palabras de su embajador, servirían también para «fortalecer a los círculos bien dispuestos hacia nosotros (como el ejército, entre otros)»; mientras se aplastaba al partido, el BND, según contaría más tarde su propio jefe, aportó «asesores, equipos, dinero»; una vez consumada la matanza, llegaron la reestructuración de la deuda, nuevos créditos y ayuda de capital, que para 1969 sumaba ya 100 millones de marcos.
«¡Por fin!» Cómo Alemania acogió el golpe
Los expedientes del Archivo Político del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores han conservado incluso una de las primeras reacciones de Bonn ante el golpe. Bonn fue la capital de Alemania Occidental hasta la reunificación, en 1990, cuando Berlín volvió a ser la capital. El 4 de octubre de 1965, la embajada en Yakarta envió al Ministerio de Asuntos Exteriores, con destino al ministro federal de Defensa, un télex cifrado con la indicación «citissime». El «intento de golpe de orientación izquierdista» había fracasado, informaba; Sukarno y el general Nasution, ministro coordinador de Defensa y Seguridad, que había escapado de los secuestradores, dominaban la situación con tropas del Gobierno; los rebeldes habían secuestrado a seis generales y, según una información aún no confirmada, el general Pandjaitan había sido abatido a tiros al resistirse, y los demás, asesinados después. El mensaje lo firmaba el agregado militar, Meyer. Junto a su nombre, un funcionario en Bonn escribió a mano una sola palabra, en francés: «ENFIN!». En español: por fin. Lo que por fin había llegado no era la muerte de seis oficiales. Era la ocasión de lanzarse contra los comunistas, y el hombre de Bonn la estaba esperando.4
Esa reacción no salió de la nada. A Bonn le habían mostrado un ensayo meses antes. El 8 de enero de 1965, el agregado Meyer escribió al Ministerio de Defensa en Bonn, con el tono de quien transmite chismes de oficina, sobre el general de división Ibrahim Adjie, comandante del ejército en Java Occidental. Unas semanas antes, señalaba, Adjie había hecho detener a unos 1.400 trabajadores comunistas de las plantaciones «de forma preventiva y a modo de prueba», para ver cómo reaccionaba el Partido Comunista. El partido no reaccionó. Según rumores, continuaba Meyer, por eso se pudo soltar a 400 de ellos. «Los demás fueron enterrados».5 Bonn tomó nota, y calló.
Dos meses después, a Bonn le dijeron para qué se reservaba al ejército. El 8 de marzo de 1965, Luitpold Werz, embajador de Alemania Occidental en Yakarta, envió a la central un informe de seis páginas sobre las fuerzas armadas en la lucha interna del país, que termina con una conclusión: el ejército y la marina habían salido intactos, «como reserva de fuerzas para un posterior enfrentamiento abierto con los comunistas». Nadie en Bonn preguntó cuánto costaría semejante enfrentamiento. El informe llegó hasta el ministro. El secretario de Estado, el más alto funcionario del Ministerio por debajo del ministro, escribió al margen: «Un informe muy instructivo». A juzgar por las iniciales, se trataba de Karl Carstens, que de estudiante había servido en las SA, se había afiliado al partido nazi y más tarde sería presidente federal. Había que comunicar a Werz que el informe había despertado gran interés y se consideraba acertado.6
En verano, los oficiales ya lo decían abiertamente. El 18 de junio de 1965, tres meses y medio antes del golpe, el agregado militar alemán en Yakarta informó de que el PKI no había cometido hasta entonces el error de actuar fuera de la ley y de que altos oficiales indonesios le habían dicho a menudo que las fuerzas armadas «solo están esperando este momento para poder golpear».7
Cuando llegó el momento, a los alemanes el ejército les pareció demasiado lento. El 5 de octubre, el informe escrito de la embajada sobre el golpe se lamentaba de que, en los primeros días de octubre, el ejército, «en lugar de aprovechar la ocasión para asestar un golpe aniquilador a los comunistas», hubiera optado por la estricta legalidad y, al parecer, hubiera dejado pasar «su hora histórica».8 Dos días después, el 7 de octubre, el mismo agregado se quejaba en un cable al Ministerio de Defensa de que las fuerzas armadas «hasta ahora no han aprovechado la ocasión de arremeter contra el PKI».9
El pretexto: lo que Bonn sabía y lo que decidió creer
Toda la justificación del exterminio era la afirmación de que el PKI había organizado el golpe. En las primeras semanas, los expedientes alemanes no se lo creen, y lo dicen por escrito. Después, cuando la matanza ya estaba bien avanzada, cambian de opinión, y el expediente muestra qué les hizo cambiar.
En su análisis del golpe, redactado a principios de octubre de 1965, la embajada concluía: «Cabe suponer, por tanto, que el golpe fue inspirado y apoyado por los comunistas. Dirigirlo, en cambio, probablemente no lo dirigieron; para eso, su ejecución fue demasiado chapucera». Sobre Untung, el oficial que fue la cara visible del golpe, el mismo informe dice que no hay indicios de que fuera partidario de los comunistas. La misma página recoge lo que un alto oficial indonesio le había dicho a un miembro del personal de la embajada: la cúpula del ejército tenía «completamente claro» que el golpe del Movimiento 30 de Septiembre era «en realidad un enfrentamiento entre el ejército y los comunistas».10 Unas semanas después, la embajada anotaba que el «levantamiento comunista» del 1 de octubre había sido sofocado por el ejército «por poco y de forma relativamente incruenta».11 La sangre vino después, y no se derramó en combate.
La embajada también entendía perfectamente cómo funcionaba el pretexto. Su informe clave del 18 de octubre de 1965 constata que la cúpula del ejército había aprovechado el mandato de Sukarno de restablecer el orden para una «acción a fondo» destinada a apartar a los comunistas, paso a paso, de todas las posiciones en el Estado y la sociedad. El ejército, prosigue el informe, interpreta el mandato como el encargo de «liquidar» al Movimiento 30 de Septiembre, el «Gestapu», «así como a sus instigadores y simpatizantes». A continuación expone el método en una sola frase: «Al identificar al PKI con el Gestapu, el ejército preserva la apariencia de legalidad para su programa anticomunista de reformas».12 Gestapu era el acrónimo que los propagandistas del ejército inventaron para el Movimiento 30 de Septiembre, elegido porque sonaba a Gestapo. Más adelante, el mismo informe observa que la ola de detenciones, ahora intensificada, «evidentemente ya no tiene nada que ver con el golpe» y apunta a aplastar los cuadros de las organizaciones filiales comunistas.13 Una semana antes, el 11 de octubre, la embajada ya había descrito cómo se hacía. Sin romper formalmente con Sukarno, informaba, el ejército había «escenificado un movimiento popular contra los comunistas» al amparo del estado de excepción que el propio ejército había declarado, mientras los medios que controlaba machacaban al pueblo con los crímenes de los comunistas, con el asesinato de los generales «en todos sus espeluznantes detalles». Octavillas musulmanas, seguía el informe, llamaban a la «djihad, la guerra santa contra los comunistas ateos», y la embajada adjuntó dos de ellas. Una, repartida en Yakarta el 8 de octubre, el día en que jóvenes musulmanes incendiaron la sede central del PKI, cierra así su lista de exigencias: «Ayuden a las Fuerzas Armadas a erradicar por completo a los ejecutores del Movimiento 30 de Septiembre». La otra envía «saludos de guerra santa» y dice: «Destruyamos juntos a los ateos hasta sus mismas raíces». Así que la embajada alemana sabía ya en la segunda semana que la «ira del pueblo» la organizaba el ejército.14
Tampoco podía nadie en Bonn alegar que el PKI estuviera contraatacando. El resumen del golpe que la embajada elaboró en noviembre deja constancia de la contención de los comunistas tras el fracaso del golpe y considera probable que, «al diezmar el ejército de forma planificada a los cuadros dirigentes comunistas, quede excluida por ahora la coordinación de acciones comunistas a mayor escala».15 Las víctimas no se resistían; las estaban diezmando según un plan. El Gobierno federal sabía que el golpe era el pretexto, que la matanza era abrumadoramente unilateral y que el partido al que se aniquilaba estaba en gran medida indefenso. Apoyó la aniquilación de todos modos.
Después la embajada cambió de opinión, y lo hizo en el mismo informe que dejaba constancia de cómo se diezmaba a los comunistas. El 15 de noviembre de 1965 tituló su resumen «Intento de golpe de Estado comunista en Indonesia» y se retractó con todas las letras de su lectura de octubre: el rápido fracaso de Untung «parecía apuntar a un golpe militar dirigido de forma chapucera y descartar una conducción activa por parte de los comunistas»; ahora, «tras conocerse documentos comunistas incautados y declaraciones de cabecillas militares del golpe», se iban perfilando «los contornos de una gigantesca empresa golpista comunista». Las declaraciones salían de las salas de interrogatorio del ejército. La embajada adjuntó un extracto del interrogatorio de Untung, recibido «de una fuente especial». El interrogador le dice que alguien tuvo que estar detrás: «¿Quién dirigía la empresa entre bastidores?». Untung: «Detrás de mí estaba el PKI». Una pregunta, escribía la embajada, seguía sin respuesta: cómo un «levantamiento comunista» preparado «cuidadosamente y con mucha antelación» había podido fracasar de forma tan estrepitosa. El 6 de diciembre llegó hasta el final. Al remitir el acta traducida del interrogatorio de Njono, miembro del Politburó, obtenida igualmente «de una fuente especial», escribió: «Del acta pueden extraerse las siguientes conclusiones: 1. La dirección del PKI planeó y organizó el intento de golpe del “Movimiento 30 de Septiembre”». Nueve semanas después, la embajada había adoptado la versión del ejército. No había hecho falta mucho. El acta de Njono lo selló: una confesión que los hombres que estaban matando obtuvieron de uno de sus prisioneros. En el acta se le pregunta a Njono si actúa bajo algún tipo de coacción o presión; él responde que no. Las actas de este tipo suelen recogerlo.16
«Una limpieza que responde por completo a nuestros intereses»
Lo que hacía la embajada alemana en esas semanas consta en los expedientes tanto de Bonn como de Washington. El propio embajador Werz no estaba. Desde el 6 de octubre se encontraba en Hong Kong y no regresó a Yakarta hasta el 14 de octubre; junto al télex que anunciaba su llegada, un funcionario en Bonn escribió: «¡Ya era hora!». El 12 de octubre de 1965, en un telegrama secreto dirigido al secretario de Estado de Estados Unidos, Dean Rusk, el embajador estadounidense en Yakarta, Marshall Green, informó de que un funcionario de la embajada alemana le había transmitido que el «ejército indonesio está considerando ahora la posibilidad de derrocar al propio Sukarno y se está acercando a varias embajadas occidentales para hacerles saber que tal paso es posible».17 La embajada alemana era una de las misiones occidentales a las que el ejército indonesio mantenía informadas mientras sopesaba la destitución del presidente. El documento no está en los expedientes alemanes. Está en los estadounidenses, desclasificado en 2017.
Cinco días después de su regreso, en dos telegramas marcados como secretos, Werz describió la maquinaria que se había encontrado en marcha. El ejército proseguía «resueltamente con su programa de represión paulatina del PKI». Una vez tuviera un poder central «limpio de comunistas», al parecer se proponía pasar a «la limpieza de las distintas provincias», y nadie alcanzaba a ver aún cómo podrían detener los comunistas «la apisonadora militar que se ha puesto en marcha». ¿Y Bonn? El consejo de Werz cabe en una línea: contenerse por ahora y esperar a ver qué pasaba, «para no dificultar la posición de nuestros amigos en el ejército».18 Unserer freunde in der armee: nuestros amigos en el ejército. Así hablaba el embajador de la República Federal de los hombres que dirigían el exterminio.
El 25 de octubre volvió a ponerlo por escrito, esta vez en una carta personal al jefe del departamento político en Bonn. Había miedo por todas partes, escribía, y a continuación: «Con todo, espero que el ejército, que pese a la instrucción contraria del presidente está acabando sistemáticamente con los comunistas, se imponga, y que así lleguen para nosotros tiempos mejores».19
El 26 de octubre de 1965, el mismo día en que el negociado de Indonesia del Ministerio de Asuntos Exteriores recomendó autorizar la exportación de empuñaduras de pistola al ejército indonesio, Alexander Böker, alto funcionario del departamento político del Ministerio, escribió a Werz:
«Naturalmente, seguimos la evolución allí con el máximo interés y nos alegramos de los progresos en la consolidación del régimen del ejército. Tenemos totalmente claro qué grandes oportunidades encierra esta evolución para el mundo occidental en su conjunto y para Alemania en particular, y a qué grandes peligros nos veríamos expuestos si el experimento fracasara».20
El «experimento» era, en ese momento, el asesinato en masa de comunistas. Werz respondió el 8 de noviembre de 1965 con una carta marcada como «Personal y confidencial». Lo que le inquietaba, escribía, era que en Alemania, al parecer, se quisiera dejar en suspenso por completo los asuntos indonesios: las garantías Hermes para importes menores, el seguro estatal de los créditos a la exportación, se habían paralizado y de momento no se tramitaban, y un viaje de un responsable del Goethe-Institut, el instituto cultural de Alemania Occidental en el extranjero, se había cancelado en contra de su propia recomendación. Y luego:
«Sería muy lamentable que, precisamente en el momento en que aquí se está produciendo una limpieza que responde por completo a nuestros intereses, los círculos del ejército que hoy llevan en gran medida la voz cantante tuvieran la impresión de que hemos dado a Indonesia por perdida».21
«Bereinigung» es lo que escribe un funcionario alemán cuando se salda una cuenta o se corrige un descuadre. Es vocabulario de contabilidad. Werz la usó para la purga que estaba en marcha en el país, y la usó como argumento: Bonn no debía dejar ahora en suspenso las pequeñas garantías Hermes.
Con decenas de miles de muertos, y pronto cientos de miles, el embajador de la República Federal abogó en la misma carta por el «business as usual». Cualquier acción de mayor envergadura, o un nuevo crédito marco, admitía, debía esperar a que la situación se aclarara y los indonesios lo solicitaran. Tres semanas después, en el telegrama n.º 593 del 29 de noviembre de 1965, Werz informó de que, después de Java Occidental, también los gobernadores militares de Célebes (Sulawesi) del Sur y del Sudeste y de las Molucas habían ordenado ya la disolución definitiva del PKI, y añadió un cálculo: «posiblemente este proceder no le viene nada mal a Sukarno en este momento, ya que lo exime de la prometida y desagradable “solución final política” y más adelante podrá distanciarse de estas medidas militares».22
La expresión entrecomillada no es invención de Werz. Era el término alemán de la embajada para el arreglo político del asunto del 30 de septiembre que Sukarno había prometido, y ese arreglo significaba la eliminación de un partido político. Más de veinte años después de que la palabra adquiriera el significado que tiene en alemán, los diplomáticos de la República Federal usaron «Endlösung» tres veces en seis semanas, el 15 de noviembre, el 29 de noviembre y el 23 de diciembre, siempre con la firma de Werz, entre comillas y sin una sola palabra de comentario.
Propaganda made in Germany
La República Federal no se limitó a mirar. El 15 de octubre de 1965, dos semanas después del golpe, Hilmar Bassler, consejero superior del Ministerio de Asuntos Exteriores y jefe del negociado responsable de Indonesia, dejó constancia en una nota clasificada como confidencial de que se había pedido a dos instituciones mediáticas del Estado que se sumaran a la campaña:
«Inmediatamente después del estallido de la revuelta se pidió a la BPA y a la Deutsche Welle que resaltaran especialmente la táctica comunista y el bestial asesinato de los generales indonesios como prueba del proceder comunista en la conquista del poder».23
La BPA es la Bundespresseamt, la Oficina Federal de Prensa, que depende directamente del canciller. La Deutsche Welle es la emisora estatal de la República Federal para el extranjero, y emitía hacia Indonesia. A ambas se les «pidió», a los pocos días del golpe, que difundieran por el mundo el relato de la culpa comunista. A Bassler ni siquiera eso le bastaba. «A mi juicio», prosigue su nota, «la prensa alemana no ha prestado suficiente atención al proceder de los comunistas. En particular, también habría que animar a grandes periódicos como el “Züricher” a ocuparse de este tema». El «Züricher» es presumiblemente el Neue Zürcher Zeitung.
A través del canal de télex de la embajada, Bonn recibía las crónicas del corresponsal de dpa, la principal agencia de noticias de Alemania Occidental, sobre la propaganda del ejército: una filmación de televisión que mostraba «la recuperación de los cadáveres horriblemente mutilados de los generales del ejército», emitida varias veces; y la noticia de que la organización juvenil comunista Pemuda Rakjat y la organización de mujeres Gerwani «parecen haber participado» en el asesinato de la esposa y los hijos de un comandante de regimiento leal al Gobierno.24 Los relatos de atrocidades alimentaban los pogromos. La nota de Bassler deja constancia de que se había pedido a la BPA y a la Deutsche Welle que difundieran exactamente ese relato del PKI como bestial asesino de los generales, aunque la propia embajada del Ministerio de Asuntos Exteriores había escrito que el PKI, si bien había inspirado y apoyado el golpe, probablemente no lo había dirigido. Cuando la matanza alcanzó su punto álgido, Bonn ya había pedido a sus medios estatales que difundieran la versión del ejército.
Ni siquiera el canal era casual. La oficina de dpa en Yakarta se había abierto «por deseo expreso y urgente del Ministerio de Asuntos Exteriores», anotaba el 6 de octubre de 1965 el negociado de prensa del Ministerio, para contrarrestar a la agencia de Alemania Oriental y a las agencias de noticias comunistas.25 Y la embajada sabía qué clase de historia estaba ayudando a propagar. El 22 de noviembre escribió a Bonn que el asesinato de los seis generales había sido «hábilmente magnificado por el ejército con fines propagandísticos», que había puesto al pueblo contra los comunistas y había unido al ejército y a los musulmanes en un solo frente, y que en ello residía «una enorme oportunidad para el ejército».26 Cinco semanas después, el 30 de diciembre, Werz envió un telegrama dirigido también a la Oficina Federal de Prensa. El diario del ejército, Harian Angkatan Bersendjata, había pedido material sobre un nuevo libro alemán acerca de Sukarno, y Werz propuso que el «Dienst aus Deutschland» enviara cuanto antes a la embajada un reportaje exclusivo con fotografías.27 Bonn no solo repetía la propaganda del ejército. Le ofrecía al periódico del ejército textos propios.
«Programa de Acción Indonesia»: contra el comunismo, a favor del ejército
La línea que Bonn siguió en el otoño de 1965 se había trazado un año antes. Nada de lo que sigue fue solo comercio. Veinte años después de la Segunda Guerra Mundial, los créditos y las armas tenían un fin político, y el Ministerio de Asuntos Exteriores lo dejó por escrito. El 22 de diciembre de 1964, Alexander Böker, alto funcionario del departamento político del Ministerio, presidió en Bonn una reunión interna bajo el título «Programa de Acción Indonesia», con la presencia del embajador Werz y de diez negociados. El acta, levantada el 7 de enero de 1965, recoge su argumentación en estilo indirecto. Indonesia, dijo, era considerada una barrera o un trampolín del comunismo en su camino hacia Australia. El interés nacional en mantener allí una presencia alemana exigía sacrificios de carácter financiero, que, sin embargo, tenían sus límites. Indonesia era un caso de prueba decisivo. En la misma reunión, Werz relató lo que le había dicho al viceministro de Asuntos Exteriores indonesio que ocurriría si el consulado general de Alemania Oriental se elevaba al rango de embajada: la ruptura de las relaciones diplomáticas y el fin de la ayuda económica.28 Era la doctrina Hallstein: desde 1955, Bonn amenazaba con romper relaciones con cualquier Estado que reconociera a la RDA, la República Democrática Alemana, y así lo había hecho con Yugoslavia en 1957 y con Cuba en 1963. Por qué eso pesaba tanto lo explica en pocas palabras el historiador Baskara T. Wardaya, de la Universidad Sanata Dharma de Yogyakarta: «Si uno recuerda la historia, había dos Alemanias: Alemania Occidental y Alemania Oriental. Alemania Occidental era muy capitalista y proestadounidense. Así que no les gustaba Sukarno, y no les gustaba el PKI».29
El acta es más franca todavía cuando recoge quién dijo qué. Cuando Böker le preguntó si una ayuda sustancial impediría que Sukarno reconociera a Alemania Oriental, Werz respondió que la autoridad de Sukarno se mantenía por ahora, y añadió: «Si seguimos ayudando, fortalecemos además a los círculos bien dispuestos hacia nosotros (como el ejército, entre otros)». Bassler señaló que había que aguantar «la travesía del desierto hasta un nuevo régimen en Indonesia tras la muerte de Sukarno».30 En la segunda sesión, el 11 de enero de 1965, Böker marcó la línea para todo lo que vendría después: la política alemana debía «orientarse hacia la fase final del régimen de Sukarno», y Werz y el negociado de Indonesia coincidieron en que esa fase ya había comenzado.31 Nueve meses antes del golpe, Bonn ya había apostado por el ejército y se contentaba con esperar la caída de Sukarno.
Dos años más tarde, el Ministerio lo admitió, en una nota que jamás debía salir del edificio. En febrero de 1967, la revista india Link publicó lo que presentaba como un informe secreto de la embajada alemana. El Ministerio concluyó que era una falsificación, y en la misma nota admitió que describía «exactamente nuestra postura de entonces»: la embajada y el Ministerio habían aparcado, en efecto, los planes de nueva ayuda «en vista de la era Sukarno que llega a su fin». Böker desaconsejó un desmentido. Un desmentido se volvería de inmediato contra Bonn, porque mientras Sukarno siguiera siendo formalmente jefe de Estado, Bonn no podía declarar que había retenido su ayuda en vista de su «régimen que llega a su fin».32
Aniquilar a los comunistas: un argumento para el apoyo
Los expedientes del Archivo Político del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores muestran que Bonn estaba al tanto desde la primera semana y que su política iba al compás de la de Washington.33 El Ministerio de Asuntos Exteriores en Bonn sabía que «las fuerzas armadas indonesias están aniquilando sistemáticamente al Partido Comunista», como dejó anotado el consejero superior Hilmar Bassler el 3 de diciembre de 1965. No lo escribió como protesta, sino como argumento para exportar tres lanchas aduaneras al régimen. Como las fuerzas armadas estaban «aniquilando sistemáticamente» al partido y ya habían tanteado el terreno con Malasia, cabía esperar que la tensión entre Indonesia y Malasia se relajara «en el curso de los cambios políticos en Indonesia». Las lanchas, añadía, iban desarmadas y estaban destinadas a combatir el contrabando. Su negociado había considerado el negocio jurídicamente admisible y «políticamente defendible frente a Gran Bretaña» el 30 de septiembre, la víspera del golpe. Lo que la matanza añadía era el argumento político, y concluía: el negocio «debería, por tanto, aprobarse».34 Siete meses antes, esas mismas lanchas se habían dejado fuera del paquete de ayuda. En una reunión interministerial del 13 de mayo de 1965, todas las partes acordaron que no se incluyeran «por la posibilidad de un uso militar», y porque habrían llevado el paquete muy por encima de su límite de 100 millones de marcos.35 Nada había cambiado en las lanchas en diciembre. Lo que había cambiado era que el ejército estaba matando comunistas.
El apoyo financiero era anterior al golpe. El 14 de enero de 1965, el ministro de Asuntos Exteriores Gerhard Schröder, el democristiano, no el posterior canciller socialdemócrata, escribió al ministro federal de Economía, Kurt Schmücker, para impulsar un techo especial de 100 millones de marcos en garantías federales a la exportación para Indonesia. Lo hizo «por consideraciones puramente políticas», descartando cualquier reparo económico: la continuidad de la cooperación económica era, escribía, «quizá el único medio del que todavía disponemos» para contener a Sukarno en la cuestión alemana, sobre todo para impedir que reconociera a la RDA.36
Una nota interna del Ministerio de Economía del 17 de marzo de 1965 recuerda que el gabinete había aprobado el techo ocho semanas antes «bajo la amenaza de admitir un consulado general de la zona soviética». «Zona soviética» era el nombre que Bonn daba a la RDA, a la que se negaba a reconocer como Estado. En diciembre de 1964, el riesgo asumido por Bonn en garantías para Indonesia rondaba los 500 millones de marcos, y el país dedicaba entre el 40 y el 45 por ciento de su presupuesto a defensa. El Ministerio de Economía sacó su conclusión: «Por razones económicas, no puede justificarse una nueva ayuda financiera a Indonesia». El Ministerio de Asuntos Exteriores respaldó igualmente la siguiente garantía.37
Una vez pasado el golpe, la palanca financiera se dirigió hacia los nuevos amos. En noviembre, el Ministerio de Asuntos Exteriores preparó un documento de apoyo para la conversación del ministro con Achmad Sukendro, general de brigada y ministro de Estado, a quien el Ministerio consideraba uno de los pensadores políticos más agudos del ejército. Bajo el epígrafe «la evolución política más reciente en Indonesia», el documento abre con una sola línea: «En las últimas semanas, el ejército ha aplastado en gran medida al partido comunista». El Ministerio se proponía presionar para que se ampliaran las garantías federales a la exportación para Indonesia «en cuanto se vislumbre una normalización de la situación en Indonesia».
Después, el documento le dice al ministro qué decir: que el Gobierno federal ha seguido con la máxima atención la evolución de Indonesia en las últimas semanas y que «espera que las fuerzas armadas logren, con sus enérgicas medidas contra los golpistas del 30 de septiembre, restablecer la calma y el orden en todo el país».38 Las medidas enérgicas eran las que ese mismo Ministerio iba anotando en sus expedientes semana tras semana. El secretario de Estado Karl Carstens recibió a Sukendro el 26 de noviembre de 1965 y al día siguiente informó a Yakarta en un telegrama clasificado. Luego llegó la frase que importa: «No obstante, haríamos lo que estuviera en nuestra mano para apoyar a Indonesia en vista de la actual orientación de su evolución política». Sukendro, por su parte, dijo que la cúpula del ejército había conocido ya a principios de septiembre planes para asesinar a ocho generales, pero que había considerado la información una provocación y no la había tomado en serio. La trágica muerte de los seis generales, amigos íntimos suyos, había dado a las fuerzas no comunistas «la oportunidad de actuar».39 Cuál era en noviembre de 1965 la «actual orientación» de la política indonesia, el lector ya lo sabe. En mayo de 1968 llegó un «acuerdo de ayuda de capital».40
El dinero de Bonn fue a parar al bando del ejército antes, durante y después de la matanza, en formas distintas. Antes del golpe llegó como garantías de crédito y préstamos que, como dijo Werz, servirían también para «fortalecer a los círculos bien dispuestos hacia nosotros (como el ejército, entre otros)». Durante la matanza, Bonn no asumió nuevos compromisos de dinero público; en su lugar, los supeditó al éxito de la matanza. El 8 de noviembre, Werz informó de que las pequeñas garantías Hermes quedaban suspendidas por el momento. El 10 de diciembre, Werz informó de que un alto funcionario indonesio le había pedido ayuda financiera «por encargo del ejército». Werz quiso saber primero «hacia dónde iba Indonesia». Cuando le aseguraron que el rumbo anticomunista «se mantendría sin vacilaciones», prometió tratar los deseos indonesios «con amable benevolencia, pese a las dificultades presupuestarias existentes». Seis días después, Washington cablegrafió que «Japón y Alemania están en la mejor posición para ofrecer una ayuda temprana» y preguntó a su embajador si él, su colega japonés y Werz podían reunirse de manera informal «para concertar tácticas y estrategia». El servicio de inteligencia fue más lejos. Un expediente del BND del 8 de noviembre de 1965 recoge la «petición urgente» de los generales de 1,2 millones de marcos en efectivo, «fondos que, por razones obvias, no pueden sacarse del erario indonesio», principalmente para «acciones especiales contra cuadros del Partido Comunista» y para «manifestaciones orquestadas». Semejante ayuda, señalaba el BND, podría tener «consecuencias difícilmente previsibles» tanto para quien la diera como para quien la recibiera, si llegaba a conocerse. El documento lleva la anotación manuscrita «rechazado, no injerencia»; no se sabe si llegó a pagarse dinero alguno. En 1968, el nuevo jefe del BND, Gerhard Wessel, escribió en un borrador para la comisión de inteligencia del Bundestag que el servicio había prestado «apoyo (asesores, equipos, dinero)» a la inteligencia indonesia y a las unidades especiales del ejército en «el aplastamiento del PKI», y que Suharto, Nasution y el sultán atribuían al BND «una gran parte del éxito». Tres años después, Der Spiegel informó de que el BND había provisto en 1965 a la inteligencia militar indonesia «de metralletas, equipos de radio y dinero (valor total: 300.000 marcos)», y de que un equipo de hombres del BND había formado a oficiales indonesios de inteligencia militar en la propia Indonesia. Ningún expediente hecho público hasta ahora confirma los detalles de ninguna de las dos informaciones. Una vez consumada la matanza, el dinero fluyó abiertamente: reestructuración de la deuda y un crédito de 50 millones de marcos en 1966, un acuerdo de ayuda de capital de 75 millones de marcos en mayo de 1968, 100 millones de marcos de ayuda de capital hasta 1969 y, en palabras del Ministerio de Asuntos Exteriores, «todo el interés en apuntalar al actual Gobierno indonesio».41
El Estado alemán como traficante de armas
Los expedientes de armamento muestran que la República Federal no se limitó a conceder licencias a los proveedores de los asesinos. A través de una empresa de su propiedad, fue ella misma uno de los proveedores.
En una nota del 27 de enero de 1965 sobre una reunión con el tercer viceprimer ministro de Indonesia, Chairul Saleh, un funcionario alemán se jacta de que la ayuda de la República Federal «no se limita al sector puramente económico. Por ejemplo, la empresa de propiedad federal Fritz Werner, de Berlín, ha cerrado en los últimos años contratos de suministro para las fábricas de armamento y munición de Indonesia por valor de unos 63 millones de marcos».42 Parte del negocio de las armas con Yakarta la llevaba el propio Estado alemán.
El 26 de noviembre de 1965, en medio de las masacres, el Ministerio de Asuntos Exteriores dejó constancia de que el presidente de Fritz Werner acababa de recibir la visita de un enviado especial del general Nasution, que venía a decirle que el general seguía interesado en la fábrica de explosivos, un pedido por valor de 80 millones de marcos; la planta, añade la nota, estaba destinada a necesidades tanto militares como civiles. Un apoyo occidental de esta forma, hizo añadir Nasution a su enviado, resultaba especialmente útil e imprescindible para que la cúpula del ejército lograra independizarse del bloque del Este; una empresa checa también iba detrás del contrato.43 En marzo de 1968, la misma empresa ya había firmado un contrato con el Gobierno indonesio, representado por el «Ministro Comandante en Jefe del Ejército Indonesio», para el suministro de piezas de repuesto y armas, entre ellas 250 fusiles de tiro rápido BM 59, 9.750 cerrojos y 5.000 cañones. Las armas debía fabricarlas y enviarlas Pietro Beretta, en Brescia (Italia), «por encargo nuestro», y su ruta iba de Brescia a Yakarta pasando por Hamburgo.44
La preocupación por ocultar el origen alemán de estas mercancías recorre el expediente, de 1965 a 1968. El 26 de octubre de 1965, cuando la masacre ya estaba bien avanzada, el negociado de Indonesia del Ministerio retiró sus objeciones a la «exportación de empuñaduras de pistola» y pidió al negociado de licencias que la autorizara. Se dan dos razones. El pedido es pequeño. Y: «Sería indefendible que negáramos esta ayuda indirecta al ejército indonesio, que en estos momentos actúa con la fuerza de las armas contra el Partido Comunista». Después viene la instrucción: debía procurarse «que las empuñaduras de pistola no lleven ninguna marca como producto alemán».45 Dos semanas después, el 11 de noviembre, el negociado de Bassler argumentó de la misma manera sobre chalecos salvavidas para el ejército y la marina. Precisamente en este momento, escribía, solicitudes como esta, que no podían convertirse en acusaciones contra Bonn, debían aprovecharse «para demostrar nuestra apertura hacia el ejército y la marina indonesios».46 En noviembre de 1968, el Ministerio de Asuntos Exteriores aprobó una solicitud de Industriewerke Karlsruhe AG para exportar al ejército indonesio 20 millones de cartuchos de 7,62 mm, expresamente «sin marca de la OTAN».47
La matanza como argumento de venta
El argumento estaba listo antes de Navidad. El 20 de diciembre de 1965, el Dr. Fröwis, del negociado de Bassler, presentó a este una nota sobre «suministros de armas a Indonesia». El Gobierno federal, decía, se encontraba en la situación extraordinariamente difícil de no poder apoyar ni siquiera indirectamente, mediante la autorización de exportaciones de armas y material militar, a las fuerzas armadas indonesias, «que han aplastado en gran medida al Partido Comunista» y estaban a punto de dar al país una nueva orientación política. Si Occidente mantenía su embargo de hecho, el ejército no tendría otra salida que dirigirse a Moscú. La prohibición, le había dicho ya Fröwis a un funcionario de la embajada británica, quizá tuviera que revisarse en un futuro previsible a causa del vuelco en Indonesia.48 El aplastamiento del partido no era un motivo para contenerse. Era el motivo para suministrar.
Un documento dice sin rodeos por qué el negocio debía seguir ahora adelante. El 28 de enero de 1966, el jefe de la División III del Ministerio de Asuntos Exteriores redactó una nota sobre la exportación de fábricas de explosivos a Indonesia. El grupo industrial Ferrostaal había preguntado ya en junio de 1965, casi cuatro meses antes del golpe, si podía contar con una licencia de exportación para «15 instalaciones completas para la fabricación de explosivos», con una capacidad mensual de «casi 2.000 toneladas de explosivos, pólvora y productos intermedios, 1.100 km de mecha y 1,1 millones de detonadores». La empresa estimaba el precio de la planta en unos 40 millones de marcos. El cliente, dice la nota, es el ejército indonesio.
Luego viene el primer argumento a favor de la autorización, y es la matanza: como el ejército «se ha impuesto en gran medida a los comunistas en Indonesia», cabe esperar que algunos de los objetivos de política exterior que hasta ahora perseguía el Gobierno de allí ya no se persigan con el mismo empeño. Esos objetivos giraban en torno a la Confrontación con Malasia, la Konfrontasi, la guerra no declarada de Sukarno contra la creación de la federación de Malasia, de 1963 a 1966. Era el principal obstáculo para que el ejército indonesio pudiera utilizar explosivos alemanes; con Gran Bretaña lista para defender a Malasia, Bonn no quería que se le viera armando al bando contrario. Pero la destrucción del Partido Comunista restó peso a ese obstáculo, y un funcionario alemán lo anotó como motivo para vender. El conflicto, admitía la nota, «aún no estaba resuelto»; pero, como el pedido tardaría al menos dos o tres años en ejecutarse, no debía ser motivo para «sacrificar nuestros intereses».
El resto de la nota se desprende de ello. Rechazar los pedidos del ejército indonesio supondría «debilitar a las fuerzas que queremos apoyar y, con ello, hacer indirectamente el juego a los elementos comunistas que aún existen». Y atender a sus deseos «reforzaría sustancialmente nuestra posición precisamente entre los círculos de derecha, políticamente decisivos».49 Si las plantas llegaron a enviarse alguna vez, los expedientes no lo muestran. El 22 de febrero de 1966, el negociado de Bassler, remitiéndose al último giro de la política interior indonesia y a un conflicto con Malasia cuyo pronto final aún no cabía dar por descontado, escribió que las licencias de exportación «por el momento todavía no se concederían» y propuso retomar el asunto en unos dos meses.50 Después, el expediente enmudece. Lo que queda es el argumento, y el argumento era la matanza.
A partir de aquí, el expediente se convierte en una lista. El 1 de febrero de 1966, Rheinstahl Hanomag pidió al Ministerio de Defensa permiso para promocionar vehículos blindados en Indonesia, «en primer lugar» el cazacarros Kanonenjagdpanzer. El Ministerio de Asuntos Exteriores tardó hasta el 8 de julio de 1966 en retirar sus objeciones. Declaró entonces que la situación entre Indonesia y Malasia se había asentado lo suficiente como para no tener ya objeciones: «keine Bedenken mehr», aunque advirtió que esto no daba derecho alguno a una posterior licencia de venta.51 Unos días antes, el 30 de junio, el Ministerio de Economía había trasladado la solicitud de Fritz Werner para comprar al fabricante de explosivos Dynamit Nobel 255.800 kilogramos de pólvora de nitroglicerina con destino a Indonesia. El negociado de Bassler recomendó la autorización el 4 de julio, porque el conflicto con Malasia se había resuelto pacíficamente, porque en Indonesia había llegado al poder un Gobierno «dispuesto a cooperar con el mundo libre», porque una negativa «supondría una carga para las relaciones germano-indonesias y en la práctica solo favorecería a las fuerzas subversivas», y porque la buena cooperación de otros tiempos entre Fritz Werner y el ejército indonesio debía restablecerse cuanto antes. La respuesta, fechada el 7 de julio, salió al día siguiente: «keine Bedenken».52 El 1 de abril de 1968, la oficina de licencias notificó al Ministerio de Asuntos Exteriores que Fritz Werner había solicitado exportar 42.000 piezas diversas para el fusil BM 59, por valor de 3.791.730 marcos, con el Ministro Comandante en Jefe del Ejército Indonesio como comprador y destinatario final. En la línea de la prueba del destino final figura un guion. Una mano ha escrito al margen: «Kein Bedenken» [sic].53 El 24 de junio de 1968, el Ministerio de Economía consultó sobre 10.000 fusiles G3 de Heckler & Koch, el fusil de asalto reglamentario de la Bundeswehr, para el ejército indonesio. Un funcionario del negociado escribió «keine Bedenken» en la carta en un plazo de dos días; la autorización llegó el 27 de junio. En noviembre se autorizaron otros 20.000 fusiles, por valor de unos 7 millones de marcos. Una vez más: «keine Bedenken».54 Una nota manuscrita en el expediente de Heckler & Koch añade que, según el Ministerio de Economía, Rheinmetall ya había suministrado 10.000 fusiles a Indonesia en 1960/61. El negocio era anterior a la masacre.55
Sumado todo, solo los expedientes alemanes documentan los siguientes suministros, autorizaciones y solicitudes para las fuerzas armadas indonesias entre 1960 y 1968: al menos 40.250 fusiles (10.000 de Rheinmetall en 1960/61, 30.000 G3 de Heckler & Koch y 250 BM 59 en 1968), además de 9.750 cerrojos de fusil, 5.000 cañones y 42.000 piezas de repuesto; 20 millones de cartuchos de 7,62 mm; 255.800 kilogramos de pólvora de nitroglicerina; un proyecto de explosivos para el ejército, al parecer uno solo, impulsado a través de Ferrostaal y Fritz Werner y valorado en entre 40 y 80 millones de marcos; y 63 millones de marcos en contratos para las fábricas de armamento y munición de Indonesia antes del golpe. Esa es la aritmética de «ninguna objeción».
La aritmética de «ninguna objeción»
Suministros, autorizaciones y solicitudes para las fuerzas armadas indonesias que documentan los expedientes alemanes, en el orden en que se decidieron. Las filas por encima de la línea son anteriores al golpe.
| Fecha | Qué | Cantidad | Empresa | El expediente dice | Fuente |
|---|---|---|---|---|---|
| 1960/61 | Fusiles | 10.000 | Rheinmetall | nota manuscrita en el expediente de Heckler & Koch, según el Ministerio de Economía | n. 55 |
| 27 ene. 1965 | Contratos de suministro para fábricas de armamento y munición | ≈ 63 mill. de marcos | Fritz Werner | «empresa de propiedad federal» | n. 42 |
| 13 mayo 1965 | Lanchas aduaneras | 3 | — | dejadas fuera del paquete de ayuda «por la posibilidad de un uso militar» | n. 35 |
| 1 oct. 1965 — el ejército se hace con el país | |||||
| 26 oct. 1965 | Empuñaduras de pistola para el ejército | — | — | «ninguna marca como producto alemán» | n. 45 |
| 11 nov. 1965 | Chalecos salvavidas para el ejército y la marina | — | — | «para demostrar nuestra apertura hacia el ejército y la marina indonesios» | n. 46 |
| 26 nov. 1965 | Fábrica de explosivos | 80 mill. de marcos | Fritz Werner | el enviado especial de Nasution: el general sigue interesado | n. 43 |
| 3 dic. 1965 | Lanchas aduaneras, las mismas tres | 3 | — | porque las fuerzas armadas están «aniquilando sistemáticamente al Partido Comunista» | n. 34 |
| 28 ene. 1966 | Instalaciones completas para fabricar explosivos | 15 · ≈ 40 mill. de marcos | Ferrostaal | con el respaldo del Ministerio de Asuntos Exteriores; licencias aplazadas el 22 de febrero de 1966 | n. 49n. 50 |
| 7 jul. 1966 | Pólvora de nitroglicerina | 255.800 kg | Dynamit Nobel, para Fritz Werner | Ninguna objeción | n. 52 |
| 8 jul. 1966 | Promoción del cazacarros | — | Rheinstahl Hanomag | Ninguna objeción más | n. 51 |
| 18 mar. 1968 | Fusiles BM 59 · cerrojos · cañones | 250 · 9.750 · 5.000 | Fritz Werner, fabricados por Beretta | comprador: el «Ministro Comandante en Jefe del Ejército Indonesio» | n. 44 |
| 1 abr. 1968 | Piezas para el BM 59 | 42.000 · 3.791.730 marcos | Fritz Werner | prueba del paradero final: un guion Ninguna objeción | n. 53 |
| 27 jun. 1968 | Fusiles de asalto G3 | 10.000 | Heckler & Koch | Ninguna objeción | n. 54 |
| nov. 1968 | Fusiles de asalto G3 | 20.000 · ≈ 7 mill. de marcos | Heckler & Koch | Ninguna objeción | n. 54 |
| nov. 1968 | Munición de 7,62 mm | 20.000.000 cartuchos | Industriewerke Karlsruhe | «sin marca de la OTAN» | n. 47 |
Totales tal como los suma el artículo solo a partir de los expedientes alemanes. Los sellos traducen la redacción de los propios expedientes.
La Bundeswehr, el BND y los asesinos
La contribución alemana no se limitó al material. El 15 de noviembre de 1965, la embajada envió a Bonn semblanzas del nuevo estado mayor del ejército indonesio. Sobre el general de brigada Sumitro informaba:
«Sumitro se ganó los galones cuando, desde enero de este año, como general de brigada recién ascendido en la provincia de Kalimantan Oriental, acabó sin hacer ruido y en pocos meses con los comunistas que su predecesor Suharjo había criado y fomentado allí. Sumitro completó un año en la Academia de Mando y Estado Mayor de la Bundeswehr. Es una de las esperanzas políticas del ejército».56
Una embajada alemana, en un informe oficial, ponía lado a lado, como méritos, la purga de comunistas y un año de formación en la Bundeswehr. Tampoco se rompió el vínculo al terminar el genocidio. Documentos de consultas de enero de 1969 recogen que cada año se formaban entre dos y tres oficiales indonesios en la academia de mando de la Bundeswehr, y que el inspector general de la Bundeswehr, Ulrich de Maizière, había prometido poco antes en Yakarta apoyar las solicitudes indonesias de equipamiento y ayuda a la formación por parte de Alemania, en caso de que se presentaran. Ante los franceses, en París, el 7 de enero de 1969, el director político del Ministerio de Asuntos Exteriores resumió en una frase el objetivo de Bonn: «Desde el punto de vista político, la República Federal tiene todo el interés en apuntalar al actual Gobierno indonesio».57 Bonn ya se había ofrecido antes a pagar por oficiales indonesios. En marzo de 1965 accedió a cubrir los gastos de viaje de tres oficiales del regimiento de la guardia de Sukarno, el Tjakrabirawa, el regimiento en el que el teniente coronel Untung, el oficial que encabezó el golpe del 30 de septiembre, mandaba un batallón.58
Un télex secreto de la embajada en Yakarta, fechado el 11 de octubre de 1967 y recibido el 12 de octubre, muestra hasta dónde debía llegar la cooperación. El agregado militar había recomendado la «formación de oficiales de inteligencia indonesios en el BND», el Servicio Federal de Inteligencia, «y la cooperación, o más bien el intercambio de información, sobre el comunismo». El embajador Luedde-Neurath no veía objeciones, siempre que el destinatario fuera el servicio central de inteligencia indonesio. El mismo télex informaba de que un capitán retirado de una unidad especial de inteligencia de la División Siliwangi había sido enviado por dos generales para investigar en Alemania Occidental y en Holanda a grupos opuestos al jefe de Estado en funciones, Suharto. Lo que preocupaba al embajador eran los «problemas políticos» si aquello llegaba a saberse.59 Un día antes, el 10 de octubre de 1967, el Ministerio Federal del Interior había considerado que los contactos del servicio de inteligencia indonesio debía llevarlos la BfV, el servicio de seguridad interior, porque el servicio indonesio «parece interesarse por sus compatriotas en la República Federal». El Ministerio aconsejó contención, en vista del escándalo público por el control al que la embajada indonesia sometía a los estudiantes indonesios en Alemania. Pero Bonn sabía qué buscaba el servicio indonesio en suelo alemán.60
«Sangre, cuerpos, piernas, cabezas»

Lo que los expedientes alemanes describen en el lenguaje seco del cable diplomático, los supervivientes lo describen con sus propias palabras. Para nuestro documental los entrevistamos en Indonesia, más de medio siglo después de los hechos.
Con sus propias palabras
AdvertenciaEstos testimonios describen torturas, violaciones y asesinatos. Los subtítulos en español son los del propio documental; las transcripciones los siguen.
Uno de ellos volvió con nosotros a la fosa común donde su familia encontró la muerte: «Esa mañana temprano entramos por este túnel de agua y nos encontramos con que a mi familia, a mis tíos, a los hermanos mayores y menores de mi padre, se los habían llevado a todos… Resultó que se habían convertido en cadáveres. Aquí, en este lugar de enterramiento. Allí vimos sangre, cuerpos, piernas, cabezas. Algunos ya estaban despedazados. Había muchos».61
Bedjo Untung era un escolar de Pemalang, en Java Central. A su padre se lo llevaron a principios de octubre de 1965 y nunca volvió. A él lo atraparon cinco años después: «Tuve que quitarme la ropa y los pantalones. Me ataron la punta del dedo índice a un cable conectado a la corriente. Me dieron descargas eléctricas y me golpearon varias veces». Lo que presenció durante su detención lo resumió en una frase: «Les daban descargas eléctricas, los golpeaban, los colgaban y después los cortaban en pedazos con navajas de afeitar. A algunos hasta los decapitaban».62
La violencia también fue sexual, y no perdonó a los niños. Una mujer nos contó lo que ocurrió cuando una cuadrilla vino a buscar a su padre: «Le ataron las manos a mi madre y se la llevaron al dormitorio. Mientras tanto, a mí me sujetaron y me agarraron con fuerza. Me violaron cinco hombres. Imagínese, yo solo tenía 14 años y cinco hombres me hicieron eso. No podía respirar, y hasta pensé que me iba a morir». Otra mujer, la señora Saenah, era una mujer joven en 1965, cuando los hombres venían noche tras noche a buscar a su padre y a su hermano. La acusación, como siempre, era la pertenencia al PKI: «Me violaron. En esa oficina… me… tres veces, lo sé. ¡Se turnaban! Dios mío, yo… Dios, yo lloraba… Seguramente perdí el conocimiento…».63
A otros los obligaron a servir a la maquinaria de la muerte. Martono, soldador, fue apresado por el regimiento de paracomandos RPKAD en noviembre de 1965, golpeado y casi escaldado, y luego puesto a trabajar: «Cuando mataban a la gente con electricidad, y con el tiempo, me dijeron que me ocupara yo de eso. Cada vez que tenían muchos cuerpos, me llamaban: “¡Martono!”. Y entonces yo tenía que llevármelos. Arrastraba los cuerpos. En realidad yo era un preso. No tenía elección, me obligaban. Si me hubiera negado, hoy estaría muerto». Otro hombre tuvo que arrojar los cadáveres al río: «Aquí tirábamos los cuerpos al río. En aquel tiempo, simplemente rodaban hacia abajo. Lo que recuerdo es que cada vez que tiraba los cadáveres rezaba: “Oh, Señor, estas son tus criaturas”».64
La arbitrariedad del terror queda recogida en un solo detalle de otra entrevista. Del tío del entrevistado sospecharon que pertenecía al BTI, el frente campesino del PKI, «porque encontraron un sombrero en su casa, un sombrero de campesino con las letras “BTI”. Así que también lo ejecutaron». Esa fue toda la prueba. En el jardín botánico, recordaba el mismo testigo, a las víctimas las decapitaban con espadas: «Los mutilaban, los despedazaban y los masacraban».65
Los verdugos lo confirmaron todo, sin remordimiento. Un miliciano contó cómo se armó: «La idea era la yihad. Así que pensé: voy a buscar un arma. Fui al mercado a buscar hierro. Con él hicieron un hacha admirable. Afilada». Pasó a ser conocido como Burhan Kampak, Burhan el Hacha. Luego el Estado lo tomó a su cargo: «Después nos coordinamos con las Fuerzas Armadas. Nos entrenaron, a estudiantes y jóvenes, para ser más hábiles». E inmediatamente después, sin que nadie se lo preguntara, zanja la cuestión de quién atacaba a quién: «No tomábamos represalias, no, pero teníamos que matarlos». No había nada contra lo que tomar represalias. Mataron de todos modos.
El resto de lo que nos contaron los verdugos tiene el mismo tono plano. Sobre la duración de la tarea: «Fue increíble en aquel entonces, de 1965 a 1968. En los demás sitios ya todo había terminado. Aquí llevó tres años, la limpieza». Preguntado por cuántas personas había matado: «Pues no me acuerdo. En todo caso, si me los encontraba, era: o mueres tú o muero yo. Así de simple». Preguntado por si hubo algún juicio: «Pues no, no hacía falta un tribunal, estábamos en guerra. La situación era una guerra. Así que no hubo tribunal. Era una guerra, hermano». Y preguntado por si no sentía ningún remordimiento: «¿Remordimiento?… Ah, no… ¡Yo estaba entusiasmado! No tengo remordimientos, porque eran nuestros enemigos».66
Quienes sobrevivieron a las masacres desaparecieron en los campos. Bedjo Untung fue uno de ellos. En la cárcel de Salemba, en Yakarta, estuvo recluido en un pabellón tan abarrotado «que hasta los retretes se usaban como celdas de detención», donde los presos cazaban y se comían ratas de alcantarilla porque apenas había comida. Lo detuvieron en 1970 y lo liberaron en 1979: nueve años de detención sin ningún tipo de proceso judicial.67 En total, entre 800.000 y tres millones de indonesios fueron asesinados, y cientos de miles más fueron mutilados, violados o encarcelados durante años, algunos de ellos durante décadas.
La matanza que describen figura en los expedientes del Gobierno federal en su lenguaje burocrático: «crueldad inhumana», «sin contemplaciones», «ola de asesinatos», «horrible baño de sangre», «completamente exterminado».

Lo que Alemania sabía
A Bonn le informaban semana tras semana, desde las primeras semanas de la matanza hasta entrado 1966, de cuántos habían muerto, en qué provincia y cuándo. La cadena no se rompe en ningún punto: las detenciones de prueba y los rumores de enterramientos comunicados en enero de 1965, los oficiales que anunciaban en junio que esperaban su momento, las octavillas de octubre que llamaban a la guerra santa, los recuentos de diciembre, la cifra secreta de casi 800.000 en febrero de 1966.
El 25 de octubre de 1965, el agregado Meyer informó de que las fuerzas armadas habían abierto la campaña contra el PKI a través del partido musulmán y sus seguidores, «aunque con el benévolo estímulo de las fuerzas armadas». Documentos del PKI supuestamente descubiertos, añadía, habían proporcionado los motivos para intensificar y continuar las medidas.68 El 29 de octubre, un télex de amplia distribución en Bonn transmitió el relato del corresponsal de dpa, cablegrafiado bajo el nombre en clave de «el conocido informante», que Werz reenviaba «sin comentario propio». Recogía, sin verificar, informaciones sobre asesinatos e incendios comunistas, al menos 150 muertos en Java Oriental y Central y 21 en Balikpapan, y llamaba a lo que vino después «contraterror blanco»: al menos 500 comunistas muertos a manos de multitudes en Sumatra del Norte, y en la isla de Madura, frente a Java Oriental, «ya no queda con vida ningún comunista activo». Al parecer, los paracaidistas trataban a los prisioneros «sin contemplaciones», y grupos rebeldes habían sido empujados a tierras yermas «para literalmente rendirlos allí por hambre». El BND vio lo mismo. Su informe del 3 de noviembre de 1965, registrado bajo el asunto «Föhrenwald», habla de «una auténtica matanza de comunistas» en Java Central y Oriental, «sobre todo a manos de musulmanes fanáticos», y afirma que las numerosas acciones anticomunistas estaban «por supuesto, cuidadosamente preparadas por la cúpula del ejército».69
El 29 de noviembre de 1965, el embajador Werz transmitió a Bonn la siguiente información: «Según una información confidencial del ejército, el 21 de noviembre el jefe del PKI Aidit fue capturado por el ejército cerca de Solo [Surakarta] en Java Central y fusilado al día siguiente».70 Dipa Nusantara Aidit era el presidente del PKI. Werz abrió su informe del 14 de diciembre de 1965, titulado «Pérdidas de la población indonesia desde el 1 de octubre del presente año», con estas palabras: «La lucha del ejército y de los musulmanes contra los comunistas se libra fuera de Yakarta con encarnizada dureza y, en parte, con crueldad inhumana». La agencia estatal de noticias Antara, escribía, publicaba a diario noticias sobre la captura y la muerte de comunistas que, según ella, se habían resistido, pero sus cifras, de acuerdo con la información de que disponía hasta entonces la embajada, «se quedan muy por detrás de la realidad. Las verdaderas cifras de bajas multiplican varias veces las oficiales». Sus propias cifras, procedentes de testigos en las provincias, de informes confidenciales indonesios y de misiones amigas, eran, en sus palabras, probablemente demasiado bajas, y cabía esperar nuevas y graves pérdidas. Luego la tabla: Java Oriental, aprox. 50.000 muertos, en su mayoría comunistas; Java Central, aprox. 40.000, comunistas y no comunistas; Java Occidental, incluida Yakarta, aprox. 10.000, en su inmensa mayoría comunistas; Sumatra del Norte, aprox. 20.000, en su inmensa mayoría comunistas; Aceh, aprox. 3.000, exclusivamente comunistas; Madura, aprox. 2.000, exclusivamente comunistas; Bali, aprox. 3.000, mayoritariamente comunistas.71 Sumadas: unos 128.000 muertos a mediados de diciembre de 1965.
El recuento de la embajada, provincia por provincia
Informe 1518/65, «Pérdidas de la población indonesia desde el 1 de octubre del presente año». Werz escribió que sus propias cifras eran probablemente demasiado bajas.
Fuente: informe de la embajada n.º 1518/65, Djakarta, 14 de diciembre de 1965, restringido. PA AA, B 37 REF. IB5, vol. 170, escaneos B-08–B-10 · · nota 71
Este informe no da base alguna para afirmar después que Bonn no entendiera la naturaleza de la violencia. Werz anotaba que en Madura y en Aceh musulmanes fanáticos habían despachado en poco tiempo una presencia comunista que, de entrada, nunca había sido muy fuerte. El gobernador militar de Aceh, en el extremo norte de Sumatra, comunicó al parlamento provincial que la prohibición del PKI en su territorio tenía un alcance solo teórico, «como consecuencia de la extinción física de los comunistas allí».72
En Sumatra del Norte, según informaciones fidedignas, se mataba cada semana a unas 2.000 personas, casi todas comunistas. La embajada dejó constancia de la forma metódica en que se hacía: «En un procedimiento prácticamente estereotipado, el ejército carga en camiones, durante las redadas, a personas sospechosas de ser comunistas, y a cierta distancia una multitud agitada detiene los camiones. Tras unos pocos disparos simbólicos de advertencia del ejército, los presos son entregados a la población, que los mata».
Luego está Java. La embajada estadounidense cifraba allí los muertos en 100.000, una cifra que la embajada alemana consideró acorde con su información independiente. En Bali, la «ola de asesinatos» llevaba solo unas dos semanas. Una primera oleada de desmanes a mediados de noviembre había incendiado numerosas casas de comunistas; después, hacia el 1 de diciembre, el ejército trasladó seis tanques desde Probolinggo, en Java Oriental, que, al encontrar resistencia, «provocaron un horrible baño de sangre» en la ciudad de provincias de Negara. Un periódico local balinés informó de que solo en Negara habían perdido la vida 1.506 personas. Las cifras comparativamente bajas de Java Occidental la embajada las atribuía a los esfuerzos moderadores del gobernador militar en Bandung, el general de división Ibrahim Adjie, el mismo Adjie cuyas detenciones de prueba había comunicado el agregado alemán once meses antes. Adjie decía ahora que temía cosas peores de los musulmanes fanatizados que de los comunistas.
Después, al final del informe, una línea sobre los vivos. Todavía no podía obtenerse información precisa sobre el número de personas retenidas en cárceles y campos, escribía Werz, pero los periódicos se llenaban de quejas de que ya nadie sabía dónde alojar el caudal cada vez mayor de detenidos. Probablemente, añadía, ascendía a varios cientos de miles.73 Días después, la embajada informó de que en Medan, la mayor ciudad de Sumatra, unos sesenta chinos habían sido asesinados «con la tolerancia tácita del ejército».74 Nada de esto se le ocultó a Bonn; todo está en los expedientes.
El 17 de diciembre de 1965, la oficina del secretario de Estado dejó constancia de la valoración del encargado de asuntos políticos de la embajada. El general Sukendro había presentado las cifras oficiales de víctimas durante su visita a Bonn; estas, dice secamente la nota, «son, sin embargo, incorrectas». Una fuente indonesia cifraba los muertos solo en Java Oriental en 14.000 y en Sumatra del Norte, hasta entonces, entre 15.000 y 20.000, «y exclusivamente comunistas». En Aceh y en Madura, el Partido Comunista había sido «completamente exterminado», con 3.000 muertos en Aceh. De los 2.000 miembros de la organización juvenil comunista que, según afirma la nota sin más, habían participado sustancialmente en el secuestro y el asesinato de los seis generales, «apenas queda uno con vida». El tribunal militar, prosigue la nota, «tendrá dificultades para encontrar suficientes acusados a los que juzgar». Luego llega la frase que resume lo que Bonn sabía:
«Se sigue asesinando en silencio, pero con un encarnizamiento y una crueldad increíbles».75
El 21 de febrero de 1966, la embajada cablegrafió a Bonn, con la clasificación de secreto, lo que le habían contado sobre las conclusiones de la propia comisión investigadora de Sukarno:
«Mientras Sukarno afirmaba que el número de muertos después del golpe era de 87.500, la comisión estableció en realidad que asciende a casi 800.000. Sobre todo en Sumatra y en Bali se ha producido un derramamiento de sangre de proporciones monstruosas. En Bali se exterminó a aldeas enteras, ya que la ofensa a la religión hindú se castigaba en cada caso con la muerte de todo el clan».76
En febrero de 1966, una cifra de casi 800.000 muertos constaba en los expedientes del Ministerio de Asuntos Exteriores, con el sello de secreto. En la página siguiente, el embajador transmite una cifra aún mayor: «También por otras vías oigo que el número de muertos es mucho más alto de lo que admite Sukarno. Un miembro del servicio de inteligencia indonesio en Surabaya lo cifra en un millón y medio». Todas las autorizaciones de armas de 1966 y 1968 descritas más arriba llegaron después. Y, sin embargo, en 2014 el Gobierno alemán dijo al Bundestag que no tenía «ninguna información precisa» sobre el número de víctimas.77 Los propios expedientes del Gobierno dicen otra cosa.
El número de muertos en los expedientes de Bonn
Todas las cifras que siguen llegaron al Ministerio de Asuntos Exteriores entre diciembre de 1965 y febrero de 1966. Todas las autorizaciones de armas de 1966 y 1968 llegaron después.
Fuentes: informe 1518/65 (), télex secreto n.º 59 del 21 de febrero de 1966 (), documento impreso 18/1554 del Bundestag (). La barra gris es la cifra pública de Sukarno, no la de la embajada.
Nazis para Yakarta
Siete hombres dirigieron la misión entre 1952 y 1970, y seis de ellos habían sido miembros del partido nazi o propagandistas nazis: cinco eran miembros del NSDAP, el partido nazi, y el sexto había hecho propaganda nazi para Asia Oriental. Cada uno de los seis que siguieron al primer embajador, Werner Otto von Hentig, había construido su carrera en el servicio exterior entre 1933 y 1945. Sirvieron a las órdenes de Joachim von Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores de Hitler.
Los números de afiliado están documentados. Dietrich von Mirbach, embajador de 1959 a 1963, se afilió el 1 de mayo de 1933 con el número 2.781.465 y sirvió en las SA, las tropas de asalto del partido nazi, hasta 1935; según el Braunbuch («Libro Pardo») de Alemania Oriental, del que se hablará más adelante, durante la guerra fue ayudante personal del secretario de Estado Gustav Adolf Steengracht von Moyland, condenado en Núremberg en el juicio de la Wilhelmstraße contra altos funcionarios del Reich. Gerhart Weiz, de 1963 a 1964, estuvo en las SA desde 1933 y en el partido desde 1937. Según el Braunbuch, también había solicitado el ingreso en las SS y, en 1934, servir en la Gestapo. Luitpold Werz, de 1964 a 1966, se afilió el 1 de octubre de 1934 con el número 2.873.248 y en los últimos meses de la guerra dirigió el Referat Inland II B dentro del grupo Inland II del Ministerio de Asuntos Exteriores, la rama que se ocupaba del aparato de las SS y de la policía de Heinrich Himmler. Kurt Luedde-Neurath, embajador de 1966 a 1968 y, por tanto, en el cargo mientras continuaba la matanza, se afilió el 1 de mayo de 1937 con el número 4.745.122 y había estado en las SA de 1933 a 1939. Helmut Allardt, de 1954 a 1958, solicitó el ingreso en marzo de 1939 y fue admitido en agosto de ese año con el número 7.055.168. Hilmar Bassler, el último de ellos, de 1968 a 1970, fue durante la guerra, según el Braunbuch, el responsable de la propaganda nazi en Asia Oriental en el departamento de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores y hombre de confianza de la Gestapo y del SD, el servicio de inteligencia de las SS. No hay constancia documental de que fuera miembro del partido.78
Un hombre no pertenece a esta lista. No hay constancia documental de que Werner Otto von Hentig, primer embajador de la República Federal en Indonesia en 1952, fuera miembro del partido. Fue un crítico del régimen que permaneció en el servicio y se sirvió de él. Como oficial de enlace ante el 11.º Ejército en Ucrania, en 1941 y 1942, protestó reiteradamente contra las masacres del Einsatzgruppe D, la unidad de las SS que asesinó a decenas de miles de judíos en el sur de Ucrania y en Crimea, y las llamó asesinatos. Bonn tenía en nómina a un hombre así. Durante los dieciséis años siguientes envió a los otros.79
Siete embajadores: cinco miembros del partido y un propagandista nazi
Los jefes de misión de la República Federal en Yakarta, 1952–1970, con los datos que recoge el artículo.
Números de afiliado según las fichas de afiliación del partido nazi en el Archivo Federal y el Braunbuch («Libro Pardo») de Alemania Oriental; no se ha publicado ningún número de Weiz, y no está documentada ninguna afiliación de Bassler al partido (nota 78). Sobre Werz, el propio expediente del Ministerio de Asuntos Exteriores: . El legado documental de von Hentig: .
Así pues, Bonn dotó su misión en el mayor país musulmán del mundo de hombres con la experiencia pertinente. Según el Braunbuch, Bassler había pasado la guerra produciendo propaganda alemana para Asia Oriental y después dirigió el negociado de Asia Oriental en Bonn, antes de ser destinado él mismo a Yakarta. Ya estaba allí cuando la matanza había pasado de las aldeas a los tribunales. En noviembre de 1968, ya al frente de la embajada, informó sobre la protesta de juristas de Alemania Oriental contra la ejecución de tres dirigentes comunistas, Njono, Sudisman y Wirjomartono, y concluyó que la República Federal «solo puede estar agradecida a los “juristas demócratas” de Pankow por esta excelente propaganda contra la zona soviética ante la opinión pública local».80 Pankow era el distrito de Berlín Oriental donde vivía la cúpula de la RDA. No eran arribistas pasivos con un pasado incómodo. Werz, miembro del NSDAP, informaba de las cifras de muertos, esperaba que el ejército, que estaba «acabando sistemáticamente con los comunistas», se impusiera81 y llamó a la masacre «una limpieza que responde por completo a nuestros intereses». En octubre de 1965, Bassler dejó constancia de que se había pedido a la Oficina Federal de Prensa y a la Deutsche Welle que difundieran la propaganda de atrocidades, y quería que también se animara a los grandes periódicos. Tres años después, la República Federal lo nombró su embajador en Yakarta.
Cuando la embajada escribía sobre una «Endlösung», o su encargado de asuntos políticos informaba de que el Partido Comunista había sido «completamente exterminado», no eran palabras descuidadas. El embajador que firmó los informes sobre la «Endlösung» había servido al Estado que dio a esas palabras su significado.
Esa continuidad no se cuestionó; se defendió por escrito, en un expediente del Ministerio de Asuntos Exteriores. En junio de 1965, la embajada indonesia en Bonn transmitió el aviso llegado de Yakarta de que a Sukarno y a otros les llegaban rumores sobre el pasado nazi del embajador Werz. El expediente admite lo que es cierto: Werz fue miembro del NSDAP desde 1934 y trabajó para el Ministerio de Asuntos Exteriores de la época nazi hasta 1945, con un paso por la Abteilung Inland en febrero y marzo de ese último año, aunque el documento le resta importancia. Y, sin embargo, el alto funcionario que recibió al enviado indonesio le dijo que el pasado de Werz era, a su juicio, «intachable», atribuyó los rumores a los «envenenadores de pozos de Pankow» y prometió material para rebatirlos; su nota de la conversación llegó al secretario de Estado. Una semana después, un documento del Ministerio de Asuntos Exteriores sobre el historial de Werz lo calificaba de «funcionario irreprochable» y declaraba que los ataques contra él se basaban en «insinuaciones no probadas» y «pura calumnia».82 Es el mismo embajador que, pocos meses más tarde, pondría tres veces su nombre al pie de la «solución final política» prometida por Sukarno y contaría los muertos en cifras de seis dígitos.
Bonn llamó calumnia a las acusaciones; en Berlín Oriental estaban impresas. A las pocas semanas, la RDA publicó su Braunbuch, un catálogo de antiguos nazis con cargos en la República Federal, elaborado por el archivo estatal a partir de documentos capturados. Procedía de una parte interesada, pero el propio expediente de Bonn de aquellas mismas semanas admitía lo que decía. La edición de 1968 recoge a cinco de los embajadores en Yakarta: Werz, Mirbach, Weiz, Luedde-Neurath y Bassler.83
Luego estaba el BND. También el Servicio Federal de Inteligencia tenía a su viejo hombre de las SS en Yakarta. Reinhard Gehlen, que había dirigido la inteligencia del ejército de Hitler en el frente oriental, lo creó y lo dirigió con sus viejos camaradas de la guerra. En sus memorias de 1971, Gehlen declaró que el éxito del ejército indonesio, que «perseguía con coherencia y dureza la eliminación de todo el Partido Comunista», no podía valorarse lo bastante. En el mismo pasaje se jactaba de que su servicio había estado «en la afortunada situación» de informar al Gobierno federal «a partir de fuentes excelentes» sobre los días decisivos en Indonesia, del mismo modo que había señalado pronto el agravamiento de la crisis. Entre sus hombres en Indonesia estaba Rudolf Oebsger-Röder, miembro del partido nazi desde 1931 y más tarde SS-Obersturmbannführer. En el otoño de 1939 dirigió un comando del SD en la Bromberg ocupada, en Polonia, y en la primavera de 1944, mientras los judíos de Hungría eran encerrados en guetos y deportados, estuvo al mando de la Policía de Seguridad y del SD en Cluj. Después de la guerra se incorporó a la Organización Gehlen, la red de espionaje creada bajo supervisión estadounidense de la que surgió el BND en 1956. Según la propia respuesta del Gobierno al Bundestag en 2023, trabajó en Indonesia para el servicio de Gehlen de diciembre de 1959 a diciembre de 1962 y de nuevo de julio de 1964 a marzo de 1966, durante el golpe y el punto álgido de las masacres. Su tapadera era el periodismo. Con el nombre de O. G. Roeder escribió más tarde la biografía del general Suharto, The Smiling General. Los propios expedientes del BND, publicados en 2011 por el historiador de la casa, añaden lo que el Gobierno dejó fuera. En julio de 1964, el servicio lo había despedido, por orden de su presidente, «por su historial nazi», y después siguió contando con él de todos modos, «como fuente en Indonesia», hasta el 31 de marzo de 1966. Era, señala el mismo expediente, «conocido por amigos y enemigos como hombre del BND». Según su propio relato, el servicio de inteligencia indonesio se dirigió a él para colocar en la prensa su línea oficial. Y no era el único. En 2023, el Gobierno afirmó que no podía establecer el número exacto, pero que los expedientes que había revisado a mano hasta entonces mostraban a tres personas que habían trabajado para el BND en Indonesia entre 1965 y 1968; su cometido, dijo, era recabar información.84 Un veterano de las SS recabó información para Bonn mientras la matanza seguía su curso, y después escribió la vida del hombre que la ordenó.
«Hombro con hombro»: Bonn, Washington y los vencedores
Cuando el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson y el canciller Ludwig Erhard se reunieron en Washington el 27 de septiembre de 1966, fue Johnson quien sacó el tema de Indonesia. Johnson afirmó que el comunismo había sufrido durante sus mandatos una gran pérdida que no se había aprovechado lo suficiente: Indonesia, donde el comunismo había perdido «una nación de cien millones». Esperaba, dijo, que el canciller pudiera apoyar a los actuales dirigentes de Indonesia con industriales alemanes y con ayuda gubernamental, y que esa cooperación mostrara a los alemanes «hombro con hombro» con los estadounidenses en la ayuda al Tercer Mundo. Indonesia había sido una gran victoria del mundo libre, añadió, que no había recibido la atención que merecía, aunque no convenía pregonarla demasiado, porque la victoria aún no era del todo segura. Erhard respondió que la posición alemana, naturalmente, había cambiado «desde que Sukarno ya no es el líder todopoderoso», pero que creía que «ahora el terreno estaba preparado para una mayor actividad».85
En la práctica, esas palabras significaban la aniquilación de los comunistas y de quienes se movían en su órbita, desde 1965 hasta principios de los años setenta. Alemania lo sabía. La empresa estuvo avalada por créditos alemanes, sostenida por propaganda alemana y abastecida con fusiles, munición y pólvora autorizados en Bonn, mientras los funcionarios dejaban por escrito su visto bueno: keine Bedenken.
Wardaya resume la diferencia en pocas frases: «Después vinieron los juicios de Núremberg. Eso pudo ocurrir porque, en el caso de Alemania, los verdugos perdieron la guerra. Indonesia en 1965 fue diferente. Los verdugos ganaron, así que tomaron el poder».86 Hasta la caída de Suharto en 1998, la memoria de la masacre fue silenciada y los supervivientes vivieron con miedo a hablar. La mayoría de los asesinos siguen siendo celebrados como héroes. Los vencedores tenían sus amigos en Bonn.
A Berlín se le ha preguntado. En 2014, el Gobierno dijo al Parlamento que ya no disponía de datos sobre armas, dinero o bienes suministrados al ejército, al Gobierno y a los servicios de inteligencia de Indonesia entre 1964 y 1970, y que ni él ni el BND habían apoyado las matanzas, «según el estado actual de los conocimientos», «ni directa ni indirectamente». Las autorizaciones citadas en este artículo se encuentran en el archivo del propio Ministerio de Asuntos Exteriores, abierto a cualquiera que lo solicite. El propio Gobierno lo había dicho: un análisis de la reacción de Bonn en aquel momento, dijo al Bundestag, era cosa de los historiadores, y «los expedientes correspondientes del Archivo Político del Ministerio Federal de Asuntos Exteriores son accesibles de conformidad con las disposiciones legales».

Preguntado por los contactos que Bonn mantuvo con el Gobierno de Indonesia durante las masacres, mencionó una sola visita, la del general Sukendro en noviembre de 1965, y no dijo nada del apoyo que Carstens le había prometido. Tres de sus diecinueve respuestas, y la parte de una cuarta que concernía al BND, no quiso darlas en público: qué sabía del apoyo extranjero a las masacres, qué personal federal alemán había estado en Indonesia para formar o asesorar, y si el BND había mantenido una «residencia legal» dentro de la embajada en Yakarta. Las clasificó y las depositó en la oficina de protección de secretos del Bundestag. Para mantener en secreto qué personal alemán había formado o asesorado en Indonesia, adujo una sola razón: la confidencialidad de la «cooperación entre servicios de inteligencia». No había encontrado ninguna prueba de apoyo del BND, dijo, «en los expedientes del Servicio Federal de Inteligencia catalogados hasta ahora». En 2020, después de que salieran a la luz los expedientes del BND sobre la petición de 1,2 millones de marcos, calificó de «inexacta» la «suposición» de que el BND hubiera apoyado a la inteligencia indonesia y a las unidades especiales y milicias de las fuerzas armadas «en el curso del asesinato en masa» con dinero, asesoramiento y equipos, y clasificó como secreto el resto de su respuesta. André Hahn, el diputado de Die Linke que había preguntado, leyó la parte secreta y dijo: «Evidentemente, no se quiere que se conozcan las cifras concretas que contiene sobre el apoyo efectivamente prestado al régimen». En 2023, preguntado de nuevo, no vio ningún indicio de una «implicación deliberada» de los Gobiernos alemanes con los responsables, no encargó ninguna investigación y declaró que no compartía «la hipótesis de un apoyo». Ni una disculpa, ni una comisión de historiadores, ni reparaciones.
La misma respuesta de 2014 recoge que la Bundeswehr formó a 122 militares indonesios entre 1960 y 1998, y que en 1981 un joven capitán llamado Prabowo Subianto se entrenó con la unidad antiterrorista GSG 9 de la policía federal de fronteras. El antiguo yerno de Suharto es hoy presidente de Indonesia. En noviembre de 2025 declaró a Suharto héroe nacional. Y sesenta años después, mientras respalda la guerra de Israel contra Gaza, Berlín sigue hablando de «responsabilidad histórica».87
Una investigación de Hüseyin Dogru, periodista y productor de documentales galardonado.
Este trabajo no existiría sin Emrah Cilasun, que investiga y escribe, pasó semanas en los archivos y participó en cada paso, desde la investigación hasta el análisis y la evaluación.

